Porque celebrar no basta cuando la carga sigue siendo tan desigual.
A veces celebrar no es suficiente. A veces también necesitamos decir las cosas como son.
1. La carga mental, podrá ser mental, pero igual pesa.
Y explica más de lo que pensamos.
En Panamá, las mujeres dedican más del doble del tiempo que los hombres al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado en el hogar.
Pero ese dato no solo habla de horas:
habla de quién recuerda, quién coordina, quién sostiene.
Ahí es donde nace la carga mental:
el esfuerzo invisible de anticipar, planear, supervisar y asegurarse de que todo funcione.
Es el trabajo silencioso que sigue incluso cuando el cuerpo descansa.
Por eso, cuando hablamos de “cansancio”, no hablamos solo de cansancio físico.
Hablamos de procesamiento constante:
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¿Qué falta?
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¿Qué viene mañana?
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¿Qué hay que organizar?
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¿Qué problema tengo que prever?
Ese estado de alerta perpetuo agota, aunque nadie lo vea.
Y esta primera verdad conecta con la segunda… porque cuando la carga mental es alta, tu cerebro entra sin querer en multitarea, aunque tú no lo hayas elegido.
2. El multitasking no es una habilidad: es un costo.
No es falta de enfoque. Es neurobiología sometida a sobrecarga.
Cuando una persona carga con la mayoría de la organización y previsión del hogar, algo inevitable sucede:
vive cambiando de tarea mental cada pocos minutos.
Trabajo ⇄ hijos ⇄ WhatsApp ⇄ comida ⇄ pendientes ⇄ uniforme del día siguiente.
Ese ir y venir no es multitarea real.
Es cambio de contexto constante (context switching).
La neurociencia lo explica con claridad:
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recuperar el foco después de una interrupción puede tomar entre 10 y 24 minutos,
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y el cambio de contexto puede costar hasta 40% de productividad,
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generando cansancio neurobiológico, aunque no hayas corrido ni 10 pasos.
Ese agotamiento silencioso es el que muchas mujeres sienten al final del día:
“No sé por qué estoy tan drenada si ‘no hice mucho’…”
Sí hiciste. Tu mente no se detuvo.
Y este salto permanente entre roles, tareas y exigencias emocionales conecta directamente con la tercera verdad…
3. La culpa no es el enemigo. Es un mensaje.
Y uno más común en mujeres porque cargan más, hacen más y se sienten más responsables.
La evidencia lo confirma.
La psicóloga de Brown University, Yael Schonbrun, en su libro Work, Parent, Thrive, explica que las madres trabajadoras reportan niveles significativamente más altos de culpa que los padres.
No solo porque hacen más.
Sino porque sienten más responsabilidad emocional, incluso cuando la carga debería ser compartida.
Es un fenómeno estudiado: las mujeres si trabajan, sienten que descuidan el hogar.
Si están con los hijos, sienten que descuidan el trabajo.
Si descansan o hacen algo para sí mismas, sienten que descuidan los dos.
Esa culpa no aparece por casualidad.
Aparece porque:
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hay expectativas irreales,
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hay roles desigualmente distribuidos,
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hay apoyo que se presenta como “ayuda” en vez de “responsabilidad compartida”,
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y hay sistemas que dependen del autocontrol y la resiliencia de las mujeres para funcionar.
Pero la culpa también puede ser una brújula.
Puede indicar dónde hay una expectativa desbalanceada, una carga que ya no te corresponde o un límite que necesita fortalecerse.
La culpa no es el enemigo.
El enemigo es la idea de que debes resolverlo todo sola.
Que no falte la felicitación
¡Feliz día de la madre! A esas mujeres que celebramos cada año, a las mujeres que sostienen tanto, no queremos dejar pasar la ocasión sin felicitarlas.
Pero es necesario dar un paso más allá.
Este año, además de celebrar su aguante y su sacrificio, procuremos trabajar —como comunidad— en construir sistemas familiares, laborales y sociales donde nadie tenga que ser resiliente ante cargas que son estructurales y evitables.
Porque el objetivo no es pedir más fortaleza.
Es crear entornos donde no haya que demostrar fortaleza todo el tiempo.
